Un dron con cámara térmica sobrevuela en silencio un denso bosque brasileño, sus sensores traspasan el follaje para localizar a un anciano desaparecido. Esta conmovedora operación de rescate en el estado de Paraná, capturada en un reportaje reciente, representa la cumbre de la tecnología de seguridad pública. Sin embargo, los analistas de ciberseguridad ven un reflejo más oscuro en la misma tecnología: un nodo desprotegido en una red de infraestructura crítica, una herramienta de vigilancia potencial y un vector aprovechable para el sabotaje de redes eléctricas.
El dilema del doble uso del IoT de emergencia—donde dispositivos diseñados para salvar vidas pueden reutilizarse para espionaje o ataques—ha pasado de ser una preocupación teórica a una realidad operativa urgente. Los drones desplegados en Paraná, como miles de unidades similares en todo el mundo, no operan de forma aislada. Se conectan a centros de mando, comparten datos con redes de respuesta a emergencias y, a menudo, se integran con sistemas de infraestructura municipal o nacional más amplios. Cada conexión representa un punto de entrada potencial.
De plataforma de rescate a red de vigilancia
Las capacidades técnicas que hacen efectivos a los drones de búsqueda y rescate—imagen térmica de alta resolución, vuelo de larga duración, transmisión de datos en tiempo real y precisión GPS—son idénticas a las requeridas para la vigilancia persistente. El mismo sensor que detecta el calor corporal a través del follaje puede monitorizar patrones de movimiento en una ciudad. El enlace de comunicación que transmite video a los rescatistas podría interceptarse o manipularse para alimentar datos falsos.
"Estamos presenciando la militarización de la tecnología de emergencia civil", explica la Dra. Elena Vance, responsable de seguridad OT en el Instituto de Defensa de Infraestructuras Cibernéticas. "El firmware de muchos drones comerciales comparte ascendencia con código de contratistas de defensa. Las cadenas de suministro son globales y opacas. Sin una implementación rigurosa de seguridad por diseño, estamos desplegando infraestructura de vigilancia potencial bajo la bandera de la seguridad pública".
La vulnerabilidad se extiende más allá de los drones en sí a todo el ecosistema de respuesta a emergencias. El software de mando de incidentes, los sistemas de cartografía GIS y las plataformas de comunicación de primeros intervinientes están cada vez más interconectados. Un dron comprometido podría servir como cabeza de puente hacia estos sistemas más sensibles, potencialmente interrumpiendo la coordinación durante crisis reales.
El vector de sabotaje de red eléctrica
Quizás más preocupante es la intersección entre el IoT de emergencia y la infraestructura crítica nacional, particularmente las redes eléctricas. Como se destaca en análisis recientes de amenazas de guerra cibernética, los sistemas eléctricos modernos dependen de miles de sensores IoT para monitorización, balance de carga y respuesta automatizada. Estos sensores comparten ADN tecnológico y, a veces, conexiones de red con dispositivos de seguridad pública.
Un atacante sofisticado podría, en teoría, comprometer una flota de drones municipal no para estrellarlos, sino para usar su posición autorizada en la red para pivotar hacia sistemas SCADA (Control de Supervisión y Adquisición de Datos) que controlan subestaciones o instalaciones de generación. El ataque a la red eléctrica de Ucrania en 2015 demostró cómo las redes OT podían paralizarse mediante sabotaje digital coordinado. El IoT de respuesta a emergencias, más interconectado de hoy, expande la superficie de ataque exponencialmente.
La brecha de supervisión
El panorama regulatorio no ha seguido el ritmo de esta convergencia. Las agencias de seguridad pública adquieren tecnología basándose en capacidad y coste, a menudo con requisitos mínimos de ciberseguridad. Los municipios con presupuestos ajustados compran frecuentemente drones y sensores comerciales listos para usar sin exigir transparencia al proveedor sobre la lista de materiales del software o previendo actualizaciones seguras durante su ciclo de vida.
"Hay una desconexión fundamental", señala Marcus Thorne, exdirector de servicios de emergencias reconvertido en consultor de seguridad. "El responsable de compras que adquiere drones quiere que encuentren niños desaparecidos. No está pensando en puertas traseras del firmware o en si el servidor de actualizaciones del fabricante usa autenticación adecuada. Necesitamos estándares de ciberseguridad tan obligatorios como la resistencia al agua o la duración de la batería en estas especificaciones".
El camino hacia un IoT crítico seguro
Abordar esta paradoja requiere un enfoque multicapa:
- Mandatos de Seguridad por Diseño: Los organismos reguladores deben establecer requisitos mínimos de seguridad para cualquier dispositivo IoT desplegado en infraestructura crítica o funciones de seguridad pública. Esto incluye arranque seguro, comunicaciones cifradas, identidad basada en hardware y mecanismos garantizados de actualización de seguridad.
- Segmentación de Red y Confianza Cero: Las redes IoT de emergencia deben estar segmentadas lógica y físicamente de las redes de tecnología operacional y corporativas más amplias. Una arquitectura de confianza cero, que verifique cada intento de conexión, es esencial.
- Escrutinio de la Cadena de Suministro: Los gobiernos y grandes municipios deben exigir una lista completa de materiales del software (SBOM) a los proveedores y realizar auditorías de seguridad independientes de componentes críticos, especialmente aquellos originados en jurisdicciones de alto riesgo.
- Ejercicios de Equipo Rojo: Las agencias de seguridad pública deben realizar regularmente simulaciones adversarias donde los equipos azules defiendan sus ecosistemas IoT de emergencia contra ataques simulados, revelando vulnerabilidades ocultas antes de que adversarios reales las encuentren.
- Desarrollo de Normas Internacionales: Como con las tecnologías de doble uso nuclear o biológico, la comunidad internacional debería iniciar discusiones sobre normas que regulen el desarrollo y exportación de ciertas clases de tecnología de emergencia con capacidades de vigilancia.
El exitoso rescate en Paraná es un triunfo de la tecnología aplicada para el bien. No debe convertirse en un caso de estudio sobre cómo esa misma tecnología, dejada sin asegurar, puede volverse contra las sociedades a las que estaba destinada a proteger. La comunidad de ciberseguridad tiene un margen estrecho para integrar la resiliencia en el tejido mismo de nuestra infraestructura de respuesta a emergencias emergente, antes de que el dilema del doble uso se convierta en un desastre de doble uso.

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